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La elección de palabras marca la diferencia

No es novedad que las palabras no son el único elemento de la realidad y que, por lo general, a esta no se la puede cambiar sin ellas.

Por lo tanto, ¿cómo podemos considerarnos empresarios si el vocabulario que utilizamos refleja inseguridad o hasta falta de respeto por nosotros mismos? En foros sobre asuntos de dinero y listas de prácticas de pago, abundan expresiones del tipo: «La agencia X tiene buenos PM y proyectos interesantes, pero las tarifas que ofrecen son muy bajas», «¿Agencia Y? ¡Claro que sí! Ofrecen buenas tarifas» o «La Agencia Z solo paga a sesenta días». Estas frases me hacen dudar sobre el tipo de mundo en que vivo. ¿Por qué los traductores tenemos la autoestima tan baja?

Imagínense que un abogado, dentista, panadero o peluquero pregunte a sus clientes cuánto están dispuestos a pagar por determinado servicio. O a un cliente que entra a la oficina del abogado, al consultorio del dentista, a la panadería o a la peluquería, y grita: «¿Me haría este trabajo por esta cantidad de dinero? Le pagaré a sesenta días y, lógicamente, no me haré cargo de los gastos bancarios». Inconcebible, ¿no? ¿Será que quizás los traductores valemos menos que los demás profesionales?

Para empezar, los traductores deberíamos aclararle al mundo que no nacimos con las habilidades de traducción incorporadas, sino que tuvimos que adquirirlas durante largos años de arduo estudio -que no solo conlleva mucho trabajo, sino también gran cantidad de dinero. Muchos de nosotros hemos estudiado tanto como un abogado o un dentista y, de hecho, más que un panadero o un peluquero. Ni en la escuela secundaria ni en la universidad nos enseñaron cómo vender nuestras habilidades, pero nunca es demasiado tarde para aprender.

Al funcionar como una empresa, debemos utilizar el vocabulario que emplean los empresarios y no, las palabras que elegiríamos si estuviésemos postulándonos para un puesto poco importante. Cuando buscamos nuevos clientes, entonces, debemos hablar de «adquirir nuevos clientes» y no, de «completar una solicitud» o de «postularnos para un trabajo». Y si respondemos a una oferta de trabajo publicada en algún lugar, lo que hacemos es «ofrecer un presupuesto» o «informar nuestras tarifas», pero no «ofertar». Además, no debemos olvidar que, como prestadores de servicios, somos nosotros, y no, los clientes, los que fijamos las tarifas. Ellos pueden aceptarlas o no -porque les resultamos muy costosos o, incluso, muy económicos (y les parecemos poco serios)-, pero no son ellos los que ofrecen «buenas tarifas» o imponen «bajas tarifas» a nosotros, prestadores de servicios. El uso inconsciente de este vocabulario es sistemático: nos ubica en la posición más desvalida.

Está claro que negociar significa llegar a acuerdos. Las tarifas y las condiciones de pago siempre pueden negociarse si, a nuestro criterio, un trabajo lo vale. Pero somos nosotros los que debemos elegir si estamos dispuestos a negociar. No debemos simplemente aceptar las tarifas que los clientes quieren «ofrecernos», cuando la mayor parte del tiempo ni siquiera tienen en claro qué conlleva nuestra tarea o qué tipo de conocimientos, investigación y trabajo estilístico son necesarios para traducir.

Las palabras que utilizamos no cambiarán la realidad. Sin embargo, si queremos mejorar nuestra imagen, debemos empezar por levantar la autoestima, tarea que no lograremos sin una buena elección de palabras.

Chani Demuijlder
Traducción: Romina Berardi
Ilustrado por Juan Manuel Tavella www.hombreilustrando.com.ar