Hay un tema muy de fondo que debemos
poner sobre el tapete antes de largarnos a la arena profesional. En rigor de
verdad, es un asunto sobre el que quienes ya somos veteranos también deberíamos
reflexionar.
Propongo conversar sobre nuestra
(mala) relación con el dinero. Se dice que la civilización judeocristiana ha
bebido demasiado de la fuente de las culpas, hecho que se hace muy evidente cuando
hablamos de dinero. Es difícil poder conversar con alguien sobre cuestiones
monetarias con, como mínimo, naturalidad. «¿Cuál es tu sueldo?» (cof, cof.) «¿Cuánto
pagaste por eso?» (cof, cof.) Ya en nuestro mundo de tradicientes: «¿Cuáles son
tus honorarios?» (requete-cof, cof.) Quizás para esconderse de Mr. Taxman.
Quizás porque sentimos que cobramos poco (es decir, valemos poco). ¿Quizás
porque solemos tener poca habilidad con los números al estar, la mayoría de
nosotros, volcados a lo humanístico? Quizás, quizás, quizás?, pero lo cierto (lo
importante) es que esa característica no le hace bien a nuestro negocio. Sí,
dije «negocio».
He visto a muchos colegas cotizar
tartamudeando, pariendo cada morfema, pasándola mal en un proceso que debería
ser de lo más natural. Mi kinesióloga no balbucea sus honorarios, ¿por qué lo
haría yo?
Poco nos ayuda a la hora de decir
«mi trabajo vale tanto» el hecho de que la nuestra sea una profesión tan
vulnerable en varios sentidos. El más obvio: nuestra herramienta madre, la
lengua, carece de jerarquía. Al ser «de todos» (lo es, por supuesto), es
difícil lograr ese algo tan de fondo: que se valore al profesional de las
palabras. ¡Si hasta ocurre lo contrario! Quienes hablamos con un vocabulario un
poco más rico que la media somos, como mínimo, exóticos. ¿Y encima pretendemos «cobrar»?
(«¡¿Cccuánto dijo?!».)
Creo que ese traductor que
balbucea sus honorarios al traducir está emitiendo una señal perjudicial para
todos. ¡A ponerle actitud, colegas! ¡Hemos invertido tiempo, dinero,
expectativas en la profesión! Es humano invadir la jurisdicción de un ser
inseguro. Nada más fácil de invadir que esa persona que cotiza mirando para
abajo, con culpa.
En mis tiempos de traductora
interna en un banco, un compañero de trabajo me llamó al interno para pedirme «algo
personal». Nos juntamos para tomar un café: quería que le tradujera su CV. (Eran
años de triste éxodo de profesionales en mi país.) ¡Con gusto me haría cargo!
Ahí nomás me dio una carpetita, me agradeció y se aprestó a despedirse. «Estem?
¿y no te interesa saber cuáles serán mis honorarios?», le pregunté. Final
obvio: carpeta que desaparece velozmente de mis manos. «No te preocupes. Dejá
nomás. Otro día te lo encargo. Chau.»
«Cualquiera puede traducir.» «Se
traduce gratis.» «Se traduce en milésimas de segundos.» Ninguna de las tres
afirmaciones es correcta, pero somos nosotros los que tenemos que explicarlas.
Para eso, también es importante que nos reconciliemos con los números.
Como ya sabemos, hoy en día, el «negocio
de la traducción», la gran masa crítica de trabajos de traducción, no está en
manos de traductores, sino de licenciados en administración y similares
títulos. Para esos nuevos protagonista$ del mundo de la traducción, el negocio
es hoy la traducción como puede ser mañana la cría de perros de trineo, las punto-com
o el merchandising de Lady Gaga. Compartimos el escenario laboral con personas
que ven los números desde un lugar totalmente diferente, gracias a que ellos
son poderosos, mientras que nosotros (si no nos sacudimos) somos débiles, vulnerables.
Nosotros tenemos que saber bien
cuáles son las tarifas del mercado, cuántas palabras podemos traducir por día,
cuál es un descuento razonable para un texto de tantas palabras, etcétera.
Tenemos que saber «decir» cuál es el valor de nuestro trabajo sin una sola gota
de timidez, miedo o culpa. Tenemos, como decía, que reconciliarnos con los
números.
Todos sabemos que los traductores
nos quedamos embelesados con las palabras. Escuchamos «colibrí» y vemos los
colores. Leemos «hecatombe», y nos cae un yunque en la imaginación. Sin
embargo, no hay forma de que nos resulten mágicos o encantadores los números. Escuchamos
«tasa», leemos «promedio» o escribimos «porcentaje», y no hay embeleso alguno.
Todo lo contrario. Un consejo: que no se enteren los clientes.
Aurora Humarán
Ilustrado por Juan Manuel Tavella www.hombreilustrando.com.ar