Loading...
   

correo
contraseña
Recordarme

olvidé mi contraseña

 
Par de idiomas:
Especialización: 
Servicios: 
 
 
       
 
Artículos

Confidencialidad y Google Translate

Los principios éticos, las normas y las convenciones permiten diferenciar un comportamiento socialmente aceptable de otro que no lo es. Sin embargo, algunos investigadores de las ciencias sociales consideran que su trabajo está más allá de todo análisis, probablemente porque los guía una virtud desinteresada que justifica cualquier medio para alcanzar el fin esperado.

Los problemas éticos pueden estar relacionados tanto con el tema en investigación como con los métodos y procedimientos. También pueden ir mucho más allá de la cortesía o la etiqueta correspondientes al tratamiento adecuado de las personas en una sociedad libre. Los científicos sociales han recibido muchas críticas por su falta de preocupación con respecto al bienestar de los sujetos de investigación. El investigador a menudo informa mal al sujeto sobre la naturaleza de la investigación o lo expone a experiencias incómodas o emocionalmente dolorosas. [...] En una encuesta de la Sociedad Psicológica Británica se concluyó que las dos principales áreas conflictivas para los miembros eran la confidencialidad y la investigación. Los problemas señalados con respecto a esta última incluían procedimientos no éticos, consentimiento informado, daño a los participantes, engaño y falsificación intencional de resultados.

El fragmento anterior pertenece a un libro de texto que usé en mis estudios de lingüística aplicada, "Introduction to Research Methods" (Introducción a los métodos de investigación), de Robert B. Burns. Es un manual muy útil para quienes desean realizar investigaciones sobre educación y ciencias sociales. Cuando tenía que entrevistar a alguien para mi investigación, este libro era mi biblia.

Hace poco estuve hablando con un colega miembro de la AIPTI sobre los problemas de confidencialidad en la traducción y lo desconcertante de que muchos traductores --en su mayoría poco experimentados-- usen herramientas de traducción automática en línea como Google Translate sin saber que están incumpliendo la confidencialidad entre ellos mismos y sus clientes. El concepto de confidencialidad entre un traductor y su cliente me hizo pensar en la confidencialidad entre un investigador y el sujeto de investigación. Volví a mi viejo libro de texto. Síganme el juego y lean otra vez el fragmento que cité antes, pero reemplacen "ciencia social" por "traducción", "científico social" e "investigador" por "traductor", "investigación" por "método de traducción" y "sujeto de investigación" por "cliente". Quedaría algo así:

Los principios éticos, las normas y las convenciones permiten diferenciar un comportamiento socialmente aceptable de otro que no lo es. Sin embargo, algunos traductores consideran que su trabajo está más allá del escrutinio, probablemente porque los guía una virtud desinteresada que justifica cualquier medio para alcanzar el fin esperado.

Los problemas éticos pueden estar relacionados tanto con la materia del texto como con los métodos y procedimientos que se usan para traducirlo. También pueden ir mucho más allá de la cortesía o la etiqueta correspondientes al tratamiento adecuado de las personas en una sociedad libre. Los traductores han recibido muchas críticas por su falta de preocupación con respecto al bienestar de sus clientes. El traductor a menudo informa mal al cliente sobre la naturaleza del método de traducción o lo expone a experiencias incómodas o emocionalmente dolorosas. [...]

Detengámonos por un momento en la última oración: ¿el traductor informa mal a sus clientes sobre la naturaleza del método de traducción? Podemos argumentar que el traductor ni siquiera discute su método, solo acepta hacer la traducción. Bien, podemos jugar con las palabras y usar trucos de abogados pero si de verdad queremos ser honestos con nosotros mismos, la verdad es que cuando decimos "haré la traducción" le estamos diciendo al cliente que "yo haré la traducción". Yo, traductor/a. Y antes de argumentar que eso no es exactamente lo que queremos decir, tomemos el lugar del cliente. ¿Qué entiende el cliente cuando decimos eso? ¿Y qué espera?

La oración menciona experiencias incómodas o emocionalmente dolorosas. ¿Eso tiene que ver con nosotros? Déjenme darles algunos ejemplos de experiencias personales:

Hace poco traduje algunos certificados académicos del griego al inglés para un cliente directo; llamémoslo "Yannis". Junto con los certificados, tenía que traducir una larga lista de descripciones de cursos de ingeniería y algunas cartas de presentación. Tuve que confiar en mis propios conocimientos (había tomado muchos de esos cursos hace algunos años), sitios web universitarios, diccionarios de ingeniería confiables y mis viejos libros de texto. (¿Quién hubiese pensado que mi libro de termodinámica de 25000 kg, que también era una muy efectiva traba para puertas, resultaría útil después de todos estos años?) ¿Qué hubiese ocurrido si usaba una aplicación de traducción en línea, por ejemplo, Google Translate? Si creen que una traducción mediocre es lo único que podría haber obtenido, vuelvan a pensarlo. (¡Y claro que sería mediocre! Resulta que antes de contratarme, Yannis había intentado hacer la traducción él mismo, con Google Translate. Supongo que no llegó muy lejos, así que decidió contratar a una profesional. Cuando le envié mi traducción, le dio un vistazo e inmediatamente escribió para agradecerme y decirme que ahora entendía por qué los traductores profesionales son tan indispensables. Quería darle un abrazo virtual a Yannis.) De todos modos, digamos que yo hubiese considerado usar Google Translate para hacer este trabajo. En primer lugar, no tendría derecho de colocar los certificados de Yannis en un dominio público. Si Yannis quisiese hacerlo, estaría en su derecho: esas son sus calificaciones. Yo no tendría derecho alguno de compartir las calificaciones de Yannis con nadie, ni tendría el derecho de compartir su carta de recomendación personal con individuos que no son los destinatarios deseados. Tal vez podría quitar información que permitiera identificarlo. Nombre, dirección, título, afiliación, todas las calificaciones; seguro que olvidaría algo, tal vez debería quitar el nombre de la universidad también. Y el departamento y el año de graduación. Y el título obtenido. ¿Qué nos queda? Cierto, la lista de cursos. Pero en ese caso, ¿podría Google darme una buena traducción de la descripción de ese curso especializado sobre la dinámica de motores diesel o ese otro sobre técnicas de soldadura? ¿Qué más nos quedaría? El cuerpo de las cartas de presentación. Una vez más, no tendría derecho de compartir una carta escrita por otra persona que no sea yo con individuos a los que no está destinada. Además, si Yannis quería que Google tradujese las cartas, podría haberlo hecho él mismo. Si Yannis alguna vez decidiese buscar algunos términos u oraciones que aparecen en esas cartas de presentación, podría encontrar el texto completo en línea. Esa sí que sería una experiencia incómoda y emocionalmente dolorosa. Y por supuesto, se sentiría engañado. Y si después me lo comentase, sería yo la de la experiencia incómoda. Ahora, ¿es esa la clase de relación que queremos construir con nuestros clientes? ¿El uso de una herramienta de traducción automática en línea refleja el respeto y la confidencialidad que merecen y dan por sentados cuando nos contratan? ¿Es así como nos aseguramos de que están satisfechos y nos volverán a contratar o nos recomendarán a otros?

Ahora, si un documento simple como un certificado académico es confidencial, piensen en las historias clínicas. O los comunicados de prensa. O las actas de reuniones privadas. O las campañas publicitarias. O la correspondencia privada. Aún así, hay traductores que usan Google Translate, ignorando que Google no es la Madre Teresa que va a hacer tu traducción sin pedir nada a cambio porque tiene un buen corazoncito de silicio. "Hago esto por el bien común", podría decir uno. "Si otros traductores necesitan esa información alguna vez, pueden encontrarla fácilmente gracias a mí". Bueno, el problema de este concepto es que los datos que estamos compartiendo NO son nuestros.

Esto nos muestra una diferencia fundamental entre el escenario investigador-sujeto (caso A) y el escenario traductor-cliente (caso B): en el caso A, el investigador lleva a cabo el estudio, el trabajo le pertenece de principio a fin. Elige el tema, planifica el estudio, recolecta y analiza los datos y es quien presenta el trabajo para su propio beneficio (y, a largo plazo, para beneficio de la comunidad científica o tal vez de la sociedad en general). En el caso B, el que nos involucra a los traductores, tenemos acceso temporario a un trabajo que no es nuestro. El tema del documento que vamos a traducir, el contenido, el diseño y la presentación pertenecen al cliente, no al traductor, y deben usarse para beneficio del cliente. Entonces, si la confidencialidad es un asunto importante en el caso A, piensen lo importante que es en el caso B, es decir, en la traducción.

A las experiencias incómodas o emocionalmente dolorosas, como dice Burns, agreguen las "perjudiciales para la profesión". Este es un ejemplo: a menudo me piden que traduzca artículos de investigación que se publicarán en periódicos científicos de Estados Unidos. Una vez más, se trata de investigaciones que se publicarán. A veces, en estos informes se describen muchos años de investigación. Los autores han elegido periódicos específicos mediante los cuales presentar su trabajo a la comunidad científica. No han elegido la base de datos de Google, no han elegido foros de portales de traducción en línea (en donde los traductores piden consejos sobre términos y para proporcionar contexto publican párrafos enteros que a menudo incluyen información muy comprometedora y confidencial), no han elegido nada más que esos periódicos, y ellos son los que tendrán los derechos de reproducción. Imaginen cómo puede verse perjudicado desde el punto de vista profesional el autor de un informe que describe su trabajo si ese informe, ya sea en su totalidad o en parte, aparece en línea antes de que el autor tenga la oportunidad de enviarlo para publicación.

En el mismo capítulo sobre ética, privacidad y confidencialidad, Burns continúa:

El derecho a la privacidad es un derecho importante fundamentado por la legislación nacional e internacional (la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas). [...] Los individuos deben decidir qué aspectos de su vida personal, actitudes, hábitos, particularidades, miedos y culpas se comunicarán a otros. [...] Esto no quiere decir que el comportamiento personal y privado no puede observarse de manera ética. Puede, siempre y cuando los sujetos participen de manera voluntaria y tengan total conocimiento de los fines y procedimientos involucrados.

El párrafo anterior también se aplica a nuestra labor. Nuestros clientes son los únicos que tienen derecho a decidir qué aspectos de su vida o de su trabajo se comunicarán a otros y deben tener total conocimiento de los procedimientos involucrados en la traducción. Si tenemos pensado subcontratar el trabajo o si planeamos usar una herramienta de traducción automática en línea o cualquier otro método que pueda comprometer la privacidad y la confidencialidad, debemos decírselo al cliente y obtener su permiso. Si no se lo decimos al cliente porque pensamos que no es de su incumbencia, estaríamos equivocados según lo expuesto anteriormente. Si no se lo decimos porque pensamos que no nos contratará al escucharlo, quiere decir que estamos haciendo algo equivocado a sabiendas: sabemos que estamos comprometiendo la privacidad y la confidencialidad y aún así decidimos seguir. Seguiremos hasta que un cliente se entere y proteste, o hasta que un cliente inicie una acción legal, o hasta que la asociación de traductores a la que pertenecemos nos diga que hemos violado su código de ética, o simplemente hasta que nos demos cuenta de que el profesionalismo en nuestro campo de trabajo va mucho más allá de entregar una buena traducción.

María Karra (Presidenta del Tribunal de Conducta de la AIPTI)

Traducido por Javier Gómez

Ilustración: Juan Manuel Tavella