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A recuperar la pelota se ha dicho (el concepto de comunidad de profesionales) Hace unos meses, mis anteojos recetados tuvieron un accidente. Como Murphy
siempre triunfa, todo ocurrió un viernes por la tarde. Fui de inmediato en
busca de la solución para emparchar provisoriamente el agujero indeseado.
Entré en una óptica y pedí a la persona que me atendió un par de "anteojos
de emergencia". El señor del guardapolvos blanco me miró como quien mira al
Anticristo. Sin imaginar el motivo de su reacción, repetí la pregunta y abundé
en información: se me habían roto mis anteojos, no tenía ninguna manera de
reemplazarlos con urgencia (fin de semana, turno con mi oftalmóloga y esas
burocracias) por lo que le agradecería mucho si me pudiera vender un par de
anteojos con dioptría 2 (quizás 2,5) para astigmatismo/hipermetropía. ¿O quizás
ya es presbicia? Buscando su empatía, le conté que me había operado casi hace
10 años por lo que el astigmatismo y la hipermetropía ya habían cedido
bastante, pero, claro, ¡a esta edad! (con sonrisa que busca complicidad), ya la
sombra de la presbicia es inevitable, pero, por supuesto, que si mañana ya
existe la operación para curar la presbicia, me opero nuevamente, aventuré en
un último intento por ablandar ese rostro cada vez más indignado.
"Señora", dijo al fin para aclarar el misterio de su ira, "¿cómo puede
pedirme a mí, un profesional de la oftalmología, que le venda anteojos de
emergencia?". Le expliqué que me había parecido ver en su óptica esas columnas
llenas de anteojos (todos muy geniales, por cierto, con marcos a cual más cool). "¡Jamás!", dijo molesto. "Eso podrá haber sido en la Farmacia del Dr. Baratito
y similares, pero nunca en una óptica. Mal podríamos vender los oftalmólogos
profesionales algo que socava nuestra misma profesión. Sería... ridículo atentar
contra nuestra profesión. Es lógico de esperar que los oftalmólogos defendamos
nuestra existencia como tales, ¿no le parece?".
Y claro que me parecía... Ese era un profesional defendiendo su profesión. Ni
más, ni menos.
¿Y por casa cómo andamos? Intereses
en común. Intereses distintos. Intereses opuestos
¿Hasta qué punto traductores e intérpretes nos agarramos de los hombros
(como los jugadores de fútbol alrededor de su entrenador) para formar un
círculo en el que conversar (entre
colegas) sobre nuestros temas estratégicos, aquellos que apuntan a la defensa
de la profesión que elegimos y de la que vivimos? ¿Qué diablos hacen en el
mismo círculo ciertas empresas y particulares que tienen intereses no solo
diferentes a los nuestros, sino opuestos? Explico el concepto: un kinesiólogo
tiene intereses claramente diferentes de los intereses de un traductor, pero no
opuestos. Ciertas agencias y ciertas empresas que hoy son parte de nuestro
mundo tienen intereses diferentes de los nuestros y, además, opuestos a ellos.
Claramente, los intereses de alguien que desea vender un determinado
software para posedición masiva no son los mismos que los nuestros. Esto no
impide que podamos sentarnos a la mesa comercial a conversar (todo lo contrario:
debemos conversar con los terceros de nuestro sector), pero no nos confundamos:
no son traductores e intérpretes. Sus opiniones son sesgadas.
Sin embargo, la realidad indica que los autodenominados gurúes de la
traducción y la interpretación están metidos en nuestro círculo, se pavonean
por congresos y otros eventos de las asociaciones, escriben llamativos
artículos que pasan a ser referentes de la profesión y disparan desde sus
blogs. Algunos colegas no solo no se dan cuenta de que NO son uno más de la
comunidad de traductores, sino que los miran con admiración. Recordemos que,
por regla general, su formación es bien diferente de la nuestra: son personas
con solidez en temas tecnológicos y comerciales. Su interés, repetimos, no solo
es diferente al nuestro, sino que es opuesto.
Sin embargo, y desde ese lugar de importancia que nosotros mismos les hemos
dado, están inyectando conceptos muy dañinos para nuestra profesión (aunque bien
evidentes si nos paramos a reflexionar sobre qué es lo que desean). Así, desde
algún tiempo nos susurran al oído estos conceptos porque conviene que los
compremos: la calidad no es tan importante; la tarifa no es importante (lo que
importa es el ingreso mensual); la ética es una especie de obsesión bíblica o
talmúdica; si cuestionamos ciertas tecnologías que ellos buscan usar en nuestro
detrimento y su beneficio, somos luditas; la confidencialidad es un tema que se puede dejar de lado para seguir
hablando con comodidad sobre traducción en línea, memorias compartidas, crowdsourcing,
etc.; debemos impulsar que la comunicación multilingüe sea menos trabajosa y "cara" (me pregunto por qué no democratizan los honorarios que ellos cobran), la
posedición no solamente no es un peligro, sino que es una excelente
oportunidad, etc. Todos estos ingredientes apuntan a un mismo objetivo bien claro. ¿Qué
nos pasa, colegas? ¿No nos damos cuenta? ¿Son tan astutas estas sirenas?
Propongo que pidamos time out, que
conversemos exclusivamente entre nosotros y que, como bien dijo un colega,
salgamos a recuperar la pelota porque, claramente, no está en nuestras manos en
este momento.
Quiero finalizar con otra anécdota, odontológica esta vez. En el control de
rutina, me anuncia mi dentista que tengo dos pequeñitas caries de cuello en dos
molares contiguos. "Te pongo una sola anestesia y todo se soluciona bien rápido".
Así fue: un pinchazo, el temido torno y todo solucionado en un abrir y cerrar
de bocas. Me pide que firme la planilla que enviará a la obra social. "Dos
firmas porque son dos arreglos", me aclara. "Cada arreglo factura una anestesia
aunque te puse una, ¿entendés?". Por supuesto. Me quedó muy claro. Solo los
traductores aceptamos el concepto de descuento por repeticiones.
Recuperemos la pelota, colegas.
Aurora Matilde Humarán
Ilustración: Juan Manuel Tavella |
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